Con motivo de la edición de Animal testing. ¡Saquemos a los animales de los laboratorios!, de Audrey Jougla, hemos traducido parte de la entrevista que le hicieron en Savoir Animal cuando estrenaron la edición francesa del libro. Podéis leer la entrevista original pinchando aquí. Muchas gracias a Savoir Animal por darnos amable e inmediatamente permiso para publicar la traducción de su entrevista.
Más información sobre Animal testing. ¡Saquemos a los animales de los laboratorios! pinchando aquí.
¿Existe realmente una diferencia entre vivisección y experimentación en animales?
La vivisección viene de vivisectio, de «vivus, vivo» y de «secare, cortar»: designa el hecho de diseccionar a un ser vivo, algo que durante mucho tiempo fue una práctica corriente y que, por extensión, pasó a designar la experimentación con animales.
Hoy, quienes defienden la experimentación en animales se empeñan en evitar este término, que consideran peyorativo y horrorizante, porque convoca todo el pasado sórdido de los experimentos realizados con animales, especialmente en público, en el siglo XIX, que provocaron escándalo. El GIRCOR (organismo de comunicación y lobby que se dedica a promover la experimentación con animales en Francia) prefiere incluso el término «investigación animal», todavía más positivo, que ha contribuido a popularizar. La palabra «investigación» también pretende tranquilizar al gran público y da a entender que los experimentos solo tendrían lugar con fines de investigación médica, lo cual es completamente falso (como mostramos en nuestra investigación sobre los productos de limpieza del hogar).
En la práctica, las intervenciones que se infligen a animales vivos siguen produciéndose, y la anestesia no es obligatoria si entra en conflicto con el protocolo, como señala la Directiva europea; por ejemplo, en experimentos sobre el dolor. Aunque el término vivisección haya caído en desuso, conviene no suavizar mediante las palabras unas prácticas que pueden resultar extremadamente dolorosas para los animales.
¿La experimentación con animales es siempre sinónimo de sufrimiento?
El abanico de experimentos es muy amplio y se clasifican en cuatro categorías: gravedad leve, moderada, severa y sin despertar. El problema es que no nos hacemos una idea clara de lo que abarcan estas categorías. Los experimentos denominados «moderados» incluyen, por ejemplo, protocolos en los que los animales padecen enfermedades muy invalidantes, están postrados, sufren a diario, como sucede con los macacos utilizados para las enfermedades neurodegenerativas.
A estos sufrimientos se les suma el encierro: una vida de cautiverio y de aburrimiento en una jaula, que es por sí misma sinónimo de sufrimiento para los animales. Incluso en el caso de los roedores: como explico en el libro, las condiciones de vida de ratones y ratas han mostrado que el cautiverio produce animales depresivos, angustiados, cuando se pretende reducirles a simple material.
Por último, constatamos que, lejos de disminuir, los experimentos de la categoría «severa», que son absolutamente insoportables (quemaduras, heridas, funciones vitales dañadas, dolores intensos y persistentes o repetidos, experimentos sin analgesia, etc.), han aumentado del 9 al 14 % sin que se haya ofrecido ninguna explicación. En 2021, en Francia, según las últimas cifras publicadas, los experimentos moderados representan el 50 % de los protocolos y los severos el 14 %, es decir, un 64 % de experimentos muy dolorosos. Sin embargo, en los medios de comunicación, el personal investigador repite que hay que tratar bien a los animales si se quieren obtener resultados fiables, como si se tratara de etología o de experimentos inofensivos sobre comportamientos. Este argumento, tan seductor, se esgrime constantemente y se cuestiona muy poco.
También hay que saber que la privación de agua o de comida sigue siendo legal si forma parte del protocolo. Lo cual muestra hasta qué punto estamos lejos de la supuesta atención a las necesidades de los animales.
Su objetivo es, por tanto, hacer que la gente piense y no escandalizar. ¿No hay un vínculo entre ambas cosas, teniendo en cuenta que, sobre cuestiones tan difíciles como la experimentación con animales, primero hay que llamar la atención y después invitar a reflexionar?
A las personas activistas se les reprochan a menudo dos escollos: conmover en lugar de hacer pensar y recortar la verdad o exagerar los hechos. Es precisamente lo que explico en el libro, con varios ejemplos de escándalos denunciados con demasiada prisa o mediante atajos, algo que perjudica la credibilidad de la causa y de quienes militan. Sin embargo, es perfectamente posible hacer activismo siendo rigurosas con los hechos y con aquello que denunciamos. Y, por otra parte, por desgracia no hace falta exagerar: la realidad que viven los animales en laboratorios es lo bastante dura como para que baste describirla y hacerla visible.
Tomemos, por ejemplo, los experimentos relacionados con el tabaco: recientemente circularon en redes sociales unas fotos sin fuente de perros fumadores, de los años ochenta, que provocaron escándalo y llegaron hasta diputadas y diputados europeos. Sin embargo, los animales utilizados hoy en los experimentos sobre el tabaco de los que tenemos constancia son roedores: esto no hace que la realidad sea más aceptable, pero sí menos escandalosa. Además, estos experimentos no los llevan a cabo empresas tabaqueras, sino que forman parte de protocolos sobre la esterilidad o el desarrollo del feto, es decir, experimentos clasificados como «investigación fundamental».
Este ejemplo muestra que, a partir de un hecho que escandaliza al gran público (perros obligados a fumar por empresas), pasamos a una realidad que pasa desapercibida en las estadísticas, e incluso que podría ser aprobada por la opinión pública (la investigación fundamental). La Comisión Europea, de hecho, respondió que esos experimentos siguen realizándose y que no puede prohibirlos. Sin embargo, el sufrimiento es exactamente el mismo para estos animales, encerrados en tubos de inhalación e intoxicados a la fuerza. Por eso, los escándalos que se denuncian deben contextualizarse y explicarse siempre con precisión.
¿Podemos afirmar que las 3R son una forma de justificar y legitimar la experimentación con animales?
Por desgracia, esta regla, que pretende mejorar la situación de los animales (Reducir, Refinar, Reemplazar), se ha convertido en una herramienta de comunicación para los organismos de promoción y lobby de la experimentación con animales.
El principio de las 3R, recogido en la Directiva europea, no es en absoluto vinculante y, en la práctica, resulta inoperante: cuando se examina minuciosamente cómo lo aplican los comités de ética a los proyectos, se constata que se trata sobre todo de enriquecimiento ambiental (juguetes en las jaulas, tamaño de las jaulas), pero muy poco de la «R» más importante: el reemplazo.
En el libro, un director de investigación del CNRS describe dos aberraciones al respecto: en primer lugar, la búsqueda metódica y sistemática de métodos alternativos recae exclusivamente en quien redacta el proyecto de investigación y nunca se verifica. En segundo lugar, la pertinencia y el interés intrínseco de los proyectos de investigación nunca se cuestionan en sí mismos: todo es siempre interesante y, dicho de otro modo, ningún proyecto se considera indigno de ser llevado a cabo utilizando animales en experimentación. A lo largo de toda su carrera, este director de investigación afirma no haber visto nunca que se rechazara un protocolo. Esto dice mucho de la manera en que hacemos ciencia y en que sistematizamos el recurso a animales.
¿Podemos afirmar que los distintos comités legitiman la experimentación con animales?
La avalan y apenas rechazan proyectos. Si observamos la evaluación de los proyectos (antes de los experimentos), encontramos 11 dictámenes desfavorables de un total de… 2686. Prácticamente no se rechaza ningún protocolo y las modificaciones introducidas en los proyectos son menores.
El problema de los comités de ética tiene que ver con su composición: son juez y parte, y forman parte de los propios laboratorios. Es fácil entender que las personas que son colegas no se sancionen entre sí. En cuanto a las personas que representan a los animales o al movimiento asociativo, no tienen ningún poder real cuando forman parte de estos comités.
¿Es usted contraria a la investigación?
En absoluto, pero es precisamente ese falso juicio el que el Gircor intenta proyectar sobre las personas defensoras de los animales. El año pasado interceptamos un boletín de la asociación europea de promoción de la experimentación con animales (https://www.eara.eu), titulado «Words matter» («Las palabras importan»), que incitaba a llamar en adelante a quienes defendemos los derechos de los animales —una denominación demasiado positiva, según ellos— «militantes anti-investigación con animales» (véase nuestro artículo al respecto).
Esta expresión tiene como objetivo desacreditarnos y hacer que se escuche ante todo el término «anti-investigación», que resuena como «anti-ciencia» y que, en un contexto postpandemia, arrastra consigo las nociones de «antivacunas» e incluso de antimodernidad, situando a quienes investigan del lado del progreso, la salud y la seguridad sanitaria, y presentando a las personas defensoras de los animales como una amenaza colectiva.
Sabemos bien que, para determinados protocolos, hoy no existen alternativas a la utilización de animales. Pero, antes de abordar estos casos, hay que entender que muchos campos de investigación son inútiles o podrían prescindir de animales, algo que nuestras contrapartes ocultan gustosamente y que la clasificación actual (toxicología, investigación aplicada, investigación fundamental —las tres categorías principales—) no permite percibir.
Así, en toxicología se encuentran experimentos para productos de limpieza del hogar, productos industriales, contaminantes agrícolas, tintas, disolventes. En investigación aplicada hallamos experimentos destinados a mejorar el rendimiento de la industria ganadera: en otras palabras, se hace sufrir a animales para optimizar la producción de carne o de productos ligados a la cría. Estamos muy lejos de los imperativos de la salud humana.
Otro ejemplo: las enfermedades ligadas a comportamientos típicamente occidentales, como la obesidad o el sedentarismo, cuyas causas son bien conocidas y que ponen en cuestión nuestro modo de vida, pero que representan un mercado económico jugoso para los laboratorios. Aquí se trata de intereses económicos. El mercado de la obesidad afecta aproximadamente al 13 % de la humanidad y se estima en 50 000 millones de dólares (véase «Comment les médicaments contre l’obésité sont devenus un gigantesque marché», en Le Monde). Tras el laboratorio Novo Nordisk, ahora es el laboratorio Eli Lilly quien se lanza a por él.
Lo mismo ocurre con los llamados medicamentos «me-too»: fármacos que no son más que versiones retocadas de medicamentos ya existentes y que se ponen en el mercado por razones, de nuevo, puramente comerciales. Todos estos objetos de experimentación utilizan animales en laboratorios cuya utilización podría evitarse claramente, pero los objetivos comerciales de estos experimentos son una realidad poco conocida por el gran público.
Por cada medicamento que llega al mercado, se cribarán 10 000 moléculas y 1000 serán testadas. «Cada año se autoriza más de cuarenta nuevos medicamentos por la Agencia Europea de Medicamentos (EMA). Una cifra similar es aprobada por la Food and Drug Administration (FDA) y se comercializa en el mercado estadounidense», señala Le Monde. Según un estudio publicado el 5 de julio en el British Medical Journal, «menos de la mitad de los medicamentos aprobados por las autoridades europea y estadounidense entre 2011 y 2020 aportan un valor añadido sustancial en su primera indicación terapéutica».
La lucha por reemplazar a los animales utilizados en laboratorios se une así a la lucha contra los medicamentos innecesarios —como denuncia la neumóloga Irène Frachon— y cuestiona la connivencia entre la investigación y los intereses comerciales de las farmacéuticas.
Defendemos una investigación que deje de considerar a los animales como un paso obligatorio sin cuestionarlo. Y eso sin hablar del interés científico, muy discutible, de determinadas investigaciones con animales, especialmente en psicología, psiquiatría o sobre adicciones humanas (alcohol, drogas), que además generan un sufrimiento insoportable para los animales y que el gran público no se imagina necesariamente.

